Testimonio de un Milagro
Testimonio de
Malvina Tolopilo Francisco
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas
las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28) y hasta
el cáncer también. En octubre, 1983, en Houston, Texas,
me diagnosticaron cáncer del seno. Según los médicos, la
enfermedad estaba muy avanzada, era inoperable, y no
había nada más que hacer.
Para mí fue muy difícil aceptar el diagnóstico y era mi
deseo de morir en Argentina, mi tierra natal. En el
entretanto, hice muchas preguntas y "porqués" al Señor.
Era cristiana y me sentía protegida de ese mal por el
Señor, pero él me hizo comprender que no era así y él
iba a estar a mi lado en todo momento... y resultó así.
Aprendí a caminar en el “valle de sombra de muerte” (Salmo
23:9) tomada de Su mano y esa experiencia hizo que mi
vida, en medio del sufrimiento y dolor, pudiera sentir
esa paz, esa serenidad y ese gozo celestial que
solamente El puede dar a los suyos que descansan en El y
le aman.
Puesto que ya estaba en Argentina, los médicos me dieron
el mismo diagnóstico: la ciencia nada puede hacer y ya
es demasiado tarde.
Mientras tanto, mis ganglios infectados aumentaban de
tamaño y los doctores decidieron operarme, pero mi
corazón no estaba en condiciones de resistir la
anestesia. Por consiguiente, un grupo de hermanos
hicieron una cadena de oración y oraron por mi corazón y
éste mejoró. Pero el médico me dijo que tenía el 98% de
no sobrevivir; solamente me abrieron y me cerraron
porque ya el pulmón estaba contagiado y solo me daban
pocos días para morir. Mis familiares fueron informados
diciéndoles que los médicos no querían hacer una
carnicería de mí, puesto que prácticamente estaba al
borde de la tumba. Después recordé que cuando me estaban
anestesiando recité el versículo de Josué 1:9 y me dormí
con paz y tranquilidad.
Al salir del hospital era mi deseo de morir en mi casa,
rodeada de mis seres queridos. La presencia del Señor la
sentía de una manera maravillosa. Comprendí que El era
soberano y que me amaba mucho y que ese amor también
cubría a mis hijos. Esperaba el momento final porque
dejaría de sufrir los dolores de la enfermedad. Sabía
que al lado de mi Salvador me esperaban mis padres, mi
esposo y demás seres queridos que habían partido antes
que yo. Todos eran cristianos lavados por la sangre
preciosa de mi Señor y yo estaba lista para el viaje a
la eternidad.
El 18 de noviembre de 1983, tomé la Biblia y la abrí,
posándose mis ojos en S. Juan 14:13-14: "Y todo lo
que pidais en mi nombre, eso hare, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo. Si me pedis alguna cosa en mi
nombre, yo la hare." Había leído este pasaje muchas
veces, pero ahora tenía algo especial para mí y así lo
sentí. Releí el pasaje y dentro de mí algo decía:
Pide, pide... Yo nunca había pedido por mi curación,
pues lo único que me interesaba era prepararme para
encontrarme con mi Señor en santidad. Entonces oré con
fe, sabiendo que El estaba escuchando mi súplica. Mi
recámara se llenó de Su presencia, y me sentí como un
bebé pidiendo algo a un padre que luego complacería mi
pedido. Mi oración me breve y dije: “Señor, resucitaste
muertos, diste vista a ciegos, curaste enfermos... Tú
puedes curar mi cáncer. Te lo entrego a tí, pero que se
haga tu voluntad y que todo sea para la honra y gloria
tuya. Amén.”
Había entregado mi cáncer a los médicos y nada pudieron
hacer, ahora se lo entregaba al Señor de los señores
sabiendo que nada era difícil ni imposible para El. Y
sentí algo extraordinario como que algo salía de mi
cuerpo. Y el cáncer desapareció.
Volví a los médicos y tuve un encuentro con el oncólogo,
Profesor de la Facultad de Medicina, quien apenas creía
lo que me había pasado. Ordenó todos los estudios y los
análisis y los resultados salieron perfectos, sin
rastros de cáncer. Comencé a sentirme mejor y poco
tiempo después había recuperado mi peso y proseguí mi
vida normal. Al dar este testimonio y, por la gracia de
Dios, ya han pasado veinte años de mi curación.
Ahora me resta solo dar un epílogo: Dios es un Dios de
poder, es real, y es personal. Y comparte nuestra vida
en los momentos de alegría, en los momentos de tristeza
o prueba. El es Soberano...El curó mi cáncer, me alargó
los años de vida, pero el milagro más grande fue el de
sacarme de la “muerte eternal” y darme la “vida eternal”
por medio de mi fe en Cristo Jesús. Este es el milagro
de los milagros. Bendito sea el Señor. El es un Dios de
amor y nos amó con amor eterno y por eso los cristianos
podemos decir…que a los que Dios ama, todas las cosas
ayudan a bien y a amor.